Salir al centro de las ciudades tiene sus dificultades, pero también su encanto: la vida es en general más reposada en las periferias, lo mismo en Bogotá que en cualquiera otra ciudad colombiana. Atafagan el tráfico intenso, el ruido que supera con muchos decibeles el nivel máximo de tolerancia emocional, los olores dispares de ventas ambulantes y establecidas de comidas rápidas, de corrientazos y de comidas étnicas, no siempre proclives a las Buenas Prácticas de Manufactura...
Mi entorno cotidiano en el Barrio Palermo en Manizales, es pródigo en personas pensionadas o en trance de serlo, que de vez en cuando pasean perros, miran vitrinas o fortalecen las cofradías de señores mayores, que en la mañana toman tinto en diferentes puntos, o de señoras mayores que en las tardes toman el “algo” en otros tantos sitios, mientras hablan de los nietos, de los amigos fallecidos o en últimas de la juventud descarriada.
Hoy tuve que ir por un corto rato hasta él centro de la ciudad y nada nuevo encontré: la Catedral, el Bolívar Cóndor y la Plaza de Bolívar siguen en los mismos sitios. Los pordioseros siguen en las esquinas y las personas siguen pasando rápidamente.
En una calle lateral, venían dos invidentes, uno de ellos aferrado al brazo del otro, con su bastón levantado, sin verificar las condiciones del camino.
Eran dos hombres jóvenes, uno de ellos con importantes deformidades, causadas por lo conocido en Medicina, como Mal de Pott.
Venían caminando lentamente y conversando en voz alta: cuando pasaron por mi lado, solo escuché una frase de su conversación: “... y ese ya lo tengo visto”, le dijo el mayor al que venía agarrado de su brazo.
Era inevitable: empecé a imaginar qué tendría visto el hombre que hablaba, cómo lo habría visto y qué podría imaginar el interlocutor. Me vi tentado a irme detrás para completar el relato que estaba haciendo, pero me sentí un poco abochornado de inmiscuirme en las visiones de esas personas. Otro día será.
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