En 1972, cuando estaba terminando mi bachillerato y con él, todo lleno de teatro, poesía, literatura, cine, pintura, conciertos y arte de todos los tipos, los jóvenes de entonces andábamos con un distintivo que no nos dejaba confundir: un libro. Un libro del tema que fuera, pero en todo caso era un libro y hasta a los pocos conciertos de rock en que estuve, un libro siempre me acompañó.
Y en las noches de Luna llena, cuando un café tibio nos convocaba alrededor de la mesa del Café Adamson, mientras mirábamos a la Loca María abochornar a alguno de los presentes, sentándoselo en las piernas e intentando besarlo, los libros siempre estaban sobre la mesa, como poniendo una distancia con los otros: somos gente de valía, somos cultos.
La temática de esos libros era variadísima: uno de mis compañeros que andaba merodeando los secretos del Psicoanálisis, cargaba sin pudor un tomo de las Obras Escogidas de Freud. Hay que decir que en ocasiones lo cambiaba por un texto de Jung o de Lacán, pero no salía del redil. Otro, tenía un ladrilludo texto con discursos de Gaitán (iba para abogado). Otro exhibía un ajado folleto con el texto El Origen de la Vida de A. Oparin. Pocas veces había un libro de economía. Sabíamos mucho de Economía: éramos capaces de pasar toda una noche hasta el amanecer en esa mesa, tomando un solo café, a veces compartido.
Otro de mis compañeros pues andaba como yo en el Teatro y exhibía su tomo de obras de Bertol Brecht y yo, pues rotaba entre Neruda y Neruda.
Podían faltar muchas cosas para el día a día, pero siempre estaba el compañero constante: un libro que con el paso de los días veía desgastarse el lomo y despegarse la portada, pues casi siempre era en formato rústico, casi nunca en formato de lujo, con piel reforzada y letras doradas.
El viernes 14 de julio de 1972 Manizales estaba conmocionada: una gran manifestación se hizo en el Parque Alfonso López, en frente del que era el Edificio de la Alcaldía. Esa gran manifestación fue convocada por los pequeños propietarios de casas y negocios ubicados en el sector que hoy es la Avenida del Centro. El motivo de la protesta era sentido y compartido: se demolerían todas las edificaciones situadas en el trayecto de la proyectada avenida, realizando en muchos casos la expropiación de esas viviendas. Y comenzó la manifestación a las 4 de la tarde: hablaron los políticos, hablaron los de los gremios, hablaron los de la Asociación de Usuarios Campesinos, hablaron los universitarios, hablaron los conductores de Taxi, hablaron los líderes sindicales y como mi colegio quedaba a 3 cuadras de esa Plaza, pues allá terminé yo con mi libro. Recién comprado, tal vez de esa semana, tenía un ejemplar de La Increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada de Gabriel García Márquez.
La manifestación estaba como interesante y me fui metiendo entre la gente, hasta cuando sentí que todos corrían para salir de la Plaza y la Policía levantaba sus bastones de mando en forma amenazante. Creyendo que hacía lo mejor, me quedé quieto en un andén: el que nada debe, nada teme...
Pero llegó un señor de traje de paño y corbata y me miró: y usted que hace ahí?. Estoy mirando la manifestación. Cojan a este hp por mirón! Y vinieron dos policías y lo hicieron! Me tomaron de manos y pies y me metieron en una patrulla.
Y la humana condición: pues como estábamos en épocas de Estado de Sitio y todo podía ser usado en contra de un arrestado, pues rápidamente pensé en qué hacer con la Cándida Eréndira: no llegaría a las soluciones y propuestas de Ulises, pero tenía que hacer algo con ella! Y cómo no, salió el libro por la ventanilla entreabierta del Ford Bronco que era la Patrulla. Como íbamos rápidamente, los policías no alcanzaron a recogerlo.
Lo que siguió de esa experiencia judicial, hace parte de otra historia...
Un tiempo después, logré comprar de nuevo el libro de La Cándida Eréndira y un tiempo después también, pude leerlo.
Muchos años después, frente a las montañas de sal marina que me miraban con detenimiento, pude tomar una foto en Manaure, en donde a la distancia parece avanzar el camión de Ulises y los contrabandistas, con su cargamento de naranjas llenas de diamantes. Y seguramente que la Cándida Eréndira andaría por ahí.
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| Salinas de Manaure |

Como siempre entretenidas tus lecturas. Permiten entre otras cosas, recordar que tambien vivimos esa época en que a pesar de todo eramos felices. Luchábamos por una sociedad más justa, luchábamos por ser nosotros mismos. Fuimos desarrollandonos y dejando atrás hermosos recuerdos. Historias duras, vivencias. Muchas cosas que hacen que hoy mantengamos intactas nuestras convicciones.
ResponderEliminarGracias por escribir y por existir querido amigo.
Nos atrevimos a imaginarnos siendo felices, corriendo tras la Utopía que como lo dijo Fernando Birri: para eso sirve, para caminar.
ResponderEliminarHemos caminado, hemos derrumbado muros, siempre soñando que los amigos y los nuestros tengan ese asomo de camino que ayudamos a construir. Un abrazo.