No lo esperábamos, llegó en brazos de Felipe: como 2 kg de carne de los cuales más de la mitad debía ser cabeza. Llevaba 27 días llenando el mundo con sus pasos inseguros, sus ojos grandes, su trompa escasa y era poco ruidoso.
Lo primero fue acomodarle un estar digno: una caja con cobija y allí dormía sin pena. No sé si por curiosidad o por mala leche, mordía las manos de quienes lo manejábamos, con mucha frecuencia. Tenía dientes afilados, que perforaban como agujas y casi siempre acertaba a clavarlos en el sitio en que los entendidos llamamos lecho ungueal, es decir exactamente en el sitio de la uña en donde cualquier lesión se acompaña de un dolor agudo y de sentimientos en el espíritu que invocan tener a un Talibán al frente, para desquitarse con él…
Le dieron una dosis alta de curiosidad y una muy baja de timidez. Si alguien hacía alguna reparación o algún cambio en su entorno, llegaba con orejas levantadas a inspeccionar con detenimiento, qué se había hecho y a enterarse de los cambios que venían: olía, miraba y ponía la trompa pequeña sobre el objeto de su curiosidad y parecía tomar atenta nota de lo encontrado.
Si algo nuevo aparecía en alguno de los lugares que transitaba: una mosca, un escarabajo, una araña, un saltamontes u otro tipo de bicho, se detenía a inspeccionar al intruso y a esperar qué pasaba con él. Si como era común, yo tomaba al bicho y lo llevaba al jardín exterior en donde estaría mejor: hasta ahí venía su tutela para el insecto inesperado.
Con él aprendimos cosas propias de los Bull Dog franceses: era terco absoluto. No había forma de que hiciera algo que no estaba en su lista. Como era muy reservado, no nos compartía sus expectativas y teníamos que imaginar todo con él, para proceder.
Dicen los textos de etología, que su raza se caracteriza por no dejarse llevar a conductas repetitivas: “no aprenden” dicen algunos. Pero sí aprendió, sí incorporó un vocabulario de palabras que entendía, empezando por calle, la cual no había que repetirle: su respuesta era clara y sin demora: ir por la trailla y pararse en la puerta a esperar quién era el elegido para hacer el recorrido ansiado.
Su talla era la normal y sus 12 kg coincidían con lo esperado para un perro de su contextura. Era muy fuerte y si uno aflojaba con la traílla, podía poner en aprietos el equilibrio personal. Salir con él, era como sacar a pasear un tanque de guerra.
Y no era consciente de su tamaño: se sentía un Roth Waller.
Era un compañero inigualable, que perdía puntos cuando de dormir cerca de él se trataba. No roncaba: era un huracán! Sus ronquidos alcanzaban a oírse en algunas ocasiones, en el segundo piso de la casa: pero nos arrullaban…
Y sus comidas, nada sofisticado, pero siempre debíamos buscar un concentrado que estuviera acorde con sus caprichos digestivos. Comía siempre con gran avidez y solo aparecían inapetencias, cuando la gastritis atacaba. Entonces, había que darle Mylanta para apaciguar el ácido clorhídrico que atacaba la mucosa. Aprendió a recibir el medicamento desde una jeringa: era el único que le podíamos dar, sin que mediara una batalla campal, con gritos, arañazos, dentelladas y gruñidos.
Amó a sus humanos y expresaba claramente su disgusto cuando alguno de ellos se iba de su entorno: perseguía al fugitivo, le desamarraba los zapatos, le tiraba de ellos y se interponía para que no saliera.
Y si alguien (quien fuera) llegaba de visita, la visita era para él! Como no tenía cola para mover, pues movía su cuerpo alegremente y expresaba su felicidad, aunque el recién llegado fuera un perfecto desconocido: le encantaba saludar.
Como típico de su raza, desarrollo un síndrome de ojo seco: no producía lágrimas de buena calidad y un acertado oftalmólogo veterinario lo trató en los últimos tiempo. Su recomendación era aplicarle un medicamento y lágrimas artificiales. El proceso era más o menos así: hay que echarle las gotas a Thiago… Thiago automáticamente salía disparado del lugar y se metía en el sitio de donde fuera más difícil sacarlo. Si se lograba sacar ( a veces no…) lo siguiente era asegurarlo con firmeza con las manos en los cachetes, arriesgando una mordida. Luego tomar el frasco gotero, evitar que de una dentellada arrebatara el frasco (lo hizo varias veces) y aplicar las 2 gotas en cada ojo. Luego, soltarlo y retirar rápidamente las manos, para evitar una última mordida que siempre lanzaba al finalizar el procedimiento.
Seguramente muchos de quienes leen esto, tendrán historias parecidas de sus peludos, pero estas son las historias de nuestro peludo.
Era goloso, pero con una gula muy propia. Sus snacks eran zanahoria cruda, papaya, banano y otras frutas y además, en un ritual muy de productores de café, mientras tomábamos un tinto, él saboreaba una galleta, que siempre reclamaba cuando el olor en la cafetera delataba el paso de los pocillos y del plato con la galleta para Thiago.
Sus últimos años se acompañaron de achaques propios del envejecer perruno, pero con los altibajos propios. Con nuestro cambio de hace poco más de 1 mes a la nueva casa en La Florida, empezó su relación con Mila, aumentaron sus excursiones en el entorno y lo vimos rejuvenecer y ser feliz.
Su partida fue inesperada, traumática y dolorosa: no caben calificativos ante lo sucedido, pero quedan todos los espacios para admirarlo, aprender de sus enseñanzas y desear que esté en el cielo de los perritos, durmiendo a necesidad, roncando con todo el desparpajo y atragantándose de frutas y galletas.
Buen viaje Thiaguito.


Muy doloroso pero a la vez reconforta ese amor y esa entrega de ellos siempre sin mediar interés alguno y dispuestos a ir con nosotros hasta el final … así como Thiago👍
ResponderEliminarEs amor, enseñanza de respeto por la vida y reclamo de su espacio.
ResponderEliminarAlcanza para todo.
Gracias Hugo: un abrazo
Carlos Ricardo.
Richi, muy bonito muy descriptivo tu relato, como siempre , cargado de amor y cariño
EliminarUn abrazo para acompañarlos en este difícil momento
Gracias.
EliminarHará mucha falta.
Carlos Ricardo
Lo siento mucho mi amigo. Pero como siempre una prosa muy atinada al caso.
ResponderEliminarGracias Ricardo.
EliminarUna inesperada muerte y sé que revives momentos.
Un abrazo
Carlos Ricardo
Papá gracias por cada palabra, cada recuerdo y la mejor forma de hacerle un homenaje a tu manera para un miembro de la familia que nos hizo ver la vida de otra forma, a quien a su manera amaba a cada uno y le demostraba un cariño inigualable. Por siempre quedarán en mi memoria y cada recuerdo lo atesorare en lo más profundo del corazón. Solo espero que todos los cuidados y la vida buena que le dimos nos alcance para amortiguar un poco este dolor. Un abrazo
ResponderEliminarGracias hijo.
EliminarComparto cada palabra tuya.
La pérdida deja un gran vacío, pero como en todo con Thiago, su presencia llenaba cada espacio.
No era tímido…
Carlos Ricardo.
Hola Ricardo, siempre con tus relatos fluidos vivenciales cargados de vida y amor compartido.
EliminarThiago siempre estará en el corazón de quienes aprendimos de el
No es difícil escribir, cuando la motivación es intensa y los sentimiento fluyen sin frenarlos.
EliminarGracias.
Carlos Ricardo.
Hola, como siempre excelente escrito. Un abrazo solidario a toda la familia. Además por que el nombre de thiago?
ResponderEliminarGracias por el abrazo.
EliminarSe llamó Thiago por decisión de Felipe, en evocación del futbolista brasilero.
Carlos Ricardo.
Conversando ahora con Felipe, me aclaró que el nombre surgió del personaje Tiago (un guacamayo) de la película Río: muy alegre y muy loco, como nuestro Thiago.
EliminarCarlos Ricardo
Compañero, tierna y bella esta historia. Es una pena la partida de ese "amigo fiel", pero te dió compañía y momentos de felicidad que supiste recopempensar con amor y cuidados.
ResponderEliminarGracias Fernando: aquí seguiré, siendo fiel a ese compañero de andanzas. Seguiré caminando mundo en su compañía.
EliminarCarlos Ricardo.
Gracias Cardito! Thiaguito se merece este hermoso regalo que le das ❤️ la partida de Carajito nos lleno de paz y aceptación porque se dio serena, tranquila cómo era el! Thiaguito hasta el final nos generó emociones fuertes y contrastantes! De expresiones intensas de amor, de derroche de alegría y alboroto, de rabias compartidas en sus momentos difíciles y de
ResponderEliminarInmenso dolor por su partida! Lo llamaste de
Múltiples formas y solo él seguirá siendo: el
Bestio, Raúl pompilio, lagaña de mico, demonio de tasmania, etc! Amigo inseparable el mejor que nadie interpretaba a la perfección el estado de ánimo de sus humanos y sabía que con una caricia y unos besos llenaba
El corazón de cada uno! Gracias mi thiaguito! Te amare por siempre!
Hermoso relato para despedir a un amigo. En nuestra casa tenemos a Trotsky. Un peludo al que nadie quería adoptar porqué aparentaba ser peligroso y muy escandaloso, cuenta uno de los que se negó a disfrutar de su compañía. Lo conocí en una de mis venidas a casa. Al principio me molestaba tambien su escándalo cuando salía, llegaba o pasaba alguien. Pero le fuí cogiendo cariño. Ahora ya en casa de nuevo soy la encargada de sacarle en la mañana y en la noche a la calle. Cuando por cualquier razón no puedo sacarle, lo encuentro triste o enfadado. Intento saludarle y me mira de reojo como diciendo, ni me mires. Le amamos. Gracias querido Carlos por compartir con nosostros tu experiencia con Thiago. Te acompañamos en tu dolor . Un fuerte abrazo amigo.
ResponderEliminarGracias por tu comentario Nancy. Trotsky se apropió de su espacio y de sus humanos. A veces pueden ser indulgentes, pero sus demandas y su tiranía se vuelven indispensables.
EliminarUn abrazo.
Gracias carrica por compartir tu experiencia con Tiago q es irrepetible y q indidablememte su presencia nos llena de amor.
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