En estos días posteriores al trasteo a la casa nueva, en medio del reacomodo de muebles, del traslado de materas y recipientes con plantas —que han hecho incontables viajes de un lugar a otro— y de las miles de tareas que implica colonizar una casa que hasta entonces era un territorio salvaje, ha quedado tiempo para la música. Esa presencia discreta que llena espacios físicos y mentales y que, por gracia de la tecnología, reproduce listas de reproducción a veces insólitas, donde la majestuosidad de la Novena Sinfonía apenas sobrevive a una selección hecha por inteligencia artificial en la que descuellan Oriol Rangel, Silva y Villalba y los Enanitos Verdes, en ese orden, rematados con un reguetón que se cuela abusivamente.
Pero también han sonado mis propias selecciones, esas que algunos oídos sensibles no soportan. En fin, son mis gustos.
Y entre unas y otras, he llegado a una conclusión: mis cantantes favoritos, salvo contadas excepciones recientes, pasaron, pasan o están por llegar a los ochenta años. Bueno… yo tampoco soy precisamente un quinceañero.
Seguramente muchos de ellos sonaron con fuerza en los años setenta y ochenta y, por eso mismo, fueron parte inevitable de la banda sonora de mis hijos, de los amigos de mis hijos y de los amigos de sus padres. Difícilmente podía celebrarse un cumpleaños, una fiesta de guardar o una reunión sin mayores pretensiones en la que la voz de la Negra Mercedes Sosa, cantando Gracias a la vida, no se mezclara con alguna canción infantil, algo de salsa y una buena dosis de rock en español.
Serrat apareció en mi vida en 1968, cuando yo tenía catorce años y él apenas veinticuatro. Desde la primera canción que escuché de su álbum Poema de amor me declaré su admirador incondicional. Cincuenta y siete años siguiéndolo confirman que hice una magnífica elección.
Cuando escucho una selección de su música, siempre me sorprende la diversidad de temas, tonos y registros que logró cultivar. Entonces recuerdo a un conocido que me decía, medio en broma y medio en serio, que su esposa, ferviente admiradora de Arjona —yo, ni de lejos—, tenía una canción de él para bautizos, matrimonios, despedidas, entierros y cualquier otra ocasión imaginable. Serrat no llega a tanto, pero su obra acompaña con naturalidad casi cualquier momento de la vida. Aunque, si soy sincero, disfruto tanto sus discursos como sus canciones. Algunos de los pronunciados al recibir los innumerables doctorados Honoris Causa en distintos países hispanohablantes son verdaderamente memorables.
Con Serrat llegó también la curiosidad por conocer a uno de sus grandes inspiradores: Jacques Brel, y, a través de él, a Gilbert Bécaud. Entre Ne me quitte pas y Et maintenant terminé asomándome a la cultura francesa y hasta descubrí a Guy de Maupassant y Bola de sebo, que luego volvería a encontrar convertida en Geni y el Zepelín, de Chico Buarque.
Ya instalado en Manizales apareció Víctor Manuel, con Quiero abrazarte tanto, acompañado siempre por Ana Belén. Y por esa misma senda siguió la historia. Nino Bravo sería hoy un honorable abuelo jugando con su nieta Noelia y, quién sabe, quizá Cecilia seguiría cantando Andar mientras juega con sus nietos.
Por aquellos años de bachillerato apareció otro de mis grandes ochenteros: Silvio Rodríguez, y con él Pablo Milanés y todo el inmenso universo de la Nueva Trova Cubana. Eran tiempos de compromiso, de creer que cargábamos el mundo sobre los hombros y de estar dispuestos a llevarlo hasta donde se dejara. Detrás de Te doy una canción, de Canción para la Magdalena y de tantas otras, simplemente veíamos pasar, como escribió Aurelio Arturo, esos días que, uno tras otro, terminan siendo la vida.
También hubo espacio para que los cultores de la samba, la saudade y la caipiriña entraran con toda su fuerza en mi existencia. Chico Buarque, Gal Costa, Antonio Carlos Jobim, Vinicius de Moraes, Nara Leão, Maria Bethânia, Elis Regina y tantos otros llenaron mis carencias musicales y consolidaron, de paso, mi proverbial disritmia para las artes del baile.
Todos esos ochenteros brasileños poblaron mis recuerdos con Meu caro amigo, O que será, Madalena, Maria, Maria y muchas otras canciones que todavía vuelven sin necesidad de invitación.
Después llegaron los argentinos, de la mano de don Atahualpa: Charly, Fito, Mercedes, Cafrune, Heredia… La zamba encontró su lugar en mi archivo musical con el sonido grave del bombo legüero. Y también aparecieron otros ochenteros de un género distinto: Les Luthiers, culpables de enseñarnos que la inteligencia también puede provocar carcajadas y que el humor es una forma refinada de mirar el mundo.
Y con los argentinos llegaron los uruguayos, poniendo, como quien no quiere la cosa, los poemas de Benedetti y los cantos de Zitarrosa, Viglietti y tantos más. También ellos, ochenteros.
Por esos mismos años de marchas, brazo en alto y corazón despierto, entraron en mi vida Violeta Parra, el resto de los Parra, Víctor Jara, Quilapayún, Ínti-Illimani, Illapu y Los Jaivas, siempre con un Pablo Neruda presente entre líneas, escribiéndole al amor y a la vida junto a Matilde Urrutia.
Y hubo muchos otros ochenteros que enriquecieron mi banda sonora desde Venezuela, Nicaragua, Panamá, México, Estados Unidos, Francia, Italia y tantos otros países cuyos músicos han acompañado mis alegrías, mis nostalgias y mis tiempos de ocio.
Entre ellos merece un lugar especial Jairo Ojeda, autor de Chontaduro maduro, A un granito de maíz, Ya se cayó la luna y tantas canciones que terminaron instalándose, con toda naturalidad, en el universo musical de mis nietos.
En tantos años de conciencia musical he tenido el privilegio de sentir toda esa música, incorporarla a mi vida cotidiana y entrelazarla con el amor por los míos y con todo lo vivido junto a ellos.
Y apropiándome, quizá indebidamente, de la canción de Alejandro Lerner, hago de Todo a pulmón mi emblema de vida y el mejor resumen de anhelos, luchas, logros, pérdidas y ganancias.
¡Salud!

Saludos de Solita
ResponderEliminarGracias Jorge. Un abrazo.
EliminarCREO
Muy buen recuento de la música q nos ha acompañado felicitaciones
EliminarUf! compañero y amigo, que recorrido! Solo le agregaría unos colombianos, también ochentones, unos otros ya no estan, por ejemplo Oscar Golden, "Pablus Gallinazus" La Negra Grande etc. Eso si estoy de acuerdo contigo, que en este concierto universal no se nos vaya a colar un reguetón y menos que se asome un reguetonero, y ¿sabes? de mi parte tampoco aguantarían mis oidos a la champeta o esa cosa con que se tiraron la salsa de verdad y que llaman dizque "salsa chock" o choque yo ni se. De resto compañero me apunto a ese concierto del buen gusto y de la inteligencia rebelde y contestaria. Un abrazo
ResponderEliminarEste anónimo soy yo: JFGiraldo
ResponderEliminarGrato tener palabras de un gran amigo y compañero. Un abrazo.
EliminarCREO.